La primera etapa de mi adolescencia se abrió como una herida dentro de un hogar en permanente tempestad. Vivía rodeado de gritos, de reproches que rebotaban contra las paredes, de discusiones que parecían no tener fin. Mis padres se desgastaban el uno al otro hasta que, un día, mi padre confesó que ya no podía sostener el peso de tantas responsabilidades. Poco después, mi madre se marchó durante un año al pueblo donde vivían mis abuelos. Desde la distancia, nos enviaba dinero para sobrevivir. Yo me quedé atrás, acompañado únicamente por la mujer encargada de la casa y por una batalla silenciosa que crecía dentro de mí: la de mi propia identidad.
Desde muy temprano aprendí lo que era sentirse solo aun estando rodeado de gente. Casi nadie parecía capaz de comprender mi mundo interior. Mis emociones eran minimizadas, puestas en duda, ridiculizadas. Me decían que exageraba, que dramatizaba, que era “demasiado”. Me trataban como a un niño incapaz de nombrar lo que sentía con madurez. Mi familia tampoco escapaba a esa lógica: una y otra vez invalidaban mis pensamientos, mis percepciones, hasta hacerme sentir que no pertenecía a ningún sitio.
Ni siquiera dentro de mi propia casa encontré un lugar al que pudiera llamar mío. Compartía la habitación con mi hermano mayor, casi diez años mayor que yo. Dos camas ocupaban el espacio, pero ninguna parecía destinada realmente a mí. Éramos opuestos en todo: en carácter, en forma de ver el mundo, en silencios. Esa distancia hacía imposible que aquel cuarto se sintiera como un refugio. Nunca lo fue. No era mi espacio, no era un hogar, no era un lugar seguro.
Cuando me atrevía a expresar mi incomodidad, mis palabras eran desechadas como simples excusas. No había permiso para sentir. Recuerdo con nitidez una ocasión en la que mi hermano me preguntó, con evidente desaprobación, qué hacía ahí. Como si yo fuera un intruso. Como si mi presencia sobrara. Aquella pregunta dejó una marca profunda: me hizo entender que, para muchos, mi lugar era prescindible, que mi sentir no alteraba nada, que yo era apenas un elemento más fácil de ignorar.
Crecí inmerso en creencias rígidas, tradiciones que condenaban cualquier orientación distinta a la considerada “correcta”. Por eso intenté, inútilmente, forzarme a sentir lo que se esperaba de mí. Fingí enamoramientos, negué mi verdad, me escondí detrás de gestos aprendidos. Cuando la niña por la que decía estar interesado rechazó mi propuesta, por eso cuando les dije que soy gay, No me creen y las dudas comenzaron a surgir en mi familia. Sin embargo, sé que mi identidad no nació de ese rechazo; siempre estuvo ahí, acompañándome en silencio. Aun así, el miedo al juicio y a las represalias me empujó a callar, a creer que mis emociones eran un error, mientras dentro de mí crecían, se expandían, se volvían imposibles de ignorar.
Hubo meses enteros en los que pasaba las tardes solo en casa, desde las cuatro hasta las once de la noche. El tiempo se estiraba, pesado, interminable. Años después, la inestabilidad familiar seguía repitiéndose como un eco: mi padre iba y venía, mi madre le concedía nuevas oportunidades, y los conflictos regresaban inevitablemente. Hasta que un día, cansado de girar en círculos, le pregunté a mi madre si no estábamos atrapados en una especie de locura. Con el tiempo, ella lo entendió y decidió romper definitivamente ese vínculo.
Mientras muchos niños sueñan con padres unidos, yo deseaba lo contrario. La convivencia se había vuelto insoportable. La separación trajo algo de alivio, pero no significó el fin de mi lucha. Cada día enfrento la discriminación que surge de mi parálisis cerebral, una condición neurológica que afecta mi cuerpo, mi postura, mis movimientos. Una condición que, además, suele ir acompañada de otros desafíos que pesan sobre la vida y el desarrollo de quienes la vivimos.
Aun así, sigo aquí. Avanzo. Escribo. En la escritura encontré un refugio, un espacio donde mi voz no es interrumpida, donde mi historia no es minimizada. Escribo para comprenderme, para sanar, y para transformar todo lo vivido en una chispa que pueda iluminar el camino de otros.